Bicentenario…¿de qué?

Bicentenario…¿de qué?

Héctor Béjar

 

El Perú oficial prepara las celebraciones del bicentenario de la independencia. 200 años después de 1821 que se cumplirán el 2021. La derecha gobernante prepara su versión de la historia que tiene poco que ver con la verdad y mucho qué ver con sus mezquinos intereses de hoy.

 

El 28 de julio de 1821, el general José de San Martín proclamó la independencia del Perú “…por la voluntad general de los pueblos…”

 

Fue solo una Declaración. El Perú era un virreinato y distaba de ser independiente. Las provincias de Buenos Aires de las que San Martín procedía, formaban parte del Virreinato del Río de la Plata, sus grupos libertadores estaban entregados a luchas intestinas y San Martín había perdido su lejano apoyo. La actual Bolivia, antigua Charcas, pertenecía a ese virreinato con sede en Buenos Aires. Chile, con O´Higgins, era una capitanía sin importancia, pero era la principal base de sustentación del ejército de San Martín. En el norte había otro virreinato, el de la Nueva Granada (actuales Venezuela, Colombia y Ecuador) que vivía su propia lucha por la independencia liderada por Bolívar.

 

La única importancia del Perú residía en que era la sede histórica del Virreinato, el territorio donde se encontraba el ejército español de La Serna, el más importante de España en Sudamérica.

 

Como se sabe, San Martín no se animó a emprender una campaña libertadora en  estas tierras, no podía hacerlo. No estaba en condiciones de subir a los Andes a dar la batalla a los realistas. No tenía ni el dinero ni los soldados suficientes. Ni el ánimo para hacerlo. No quería arriesgar. Dependía económicamente de Chile y Gran Bretaña y estaba aislado. En el Callao Lord Cochrane, un exigente corsario inglés al mando de la escuadra, se impacientaba y amenazaba con saquear el Callao si no le pagaban a él y sus marineros mercenarios.

 

En Lima, aparte del pueblo llano, solo vivían los condes y marqueses que preferían a la corona, porque perdían con la independencia. José Bernardo de Monteagudo, brazo derecho de San Martín, había organizado a los indios en guerrillas y a los negros en milicias y eso aterrorizaba a los nobles limeños que de independentistas no tenían nada. San Martín dudaba, no se atrevía como Monteagudo a convocar al pueblo porque prefería una solución ajustada a la realidad del momento y no utópica. Al fin y al cabo, era un general formado en el ejército de la metrópoli desde los 12 años y no estaba dispuesto a arriesgar.

 

Por eso, a los pocos meses, en 1822, resolvió retirarse dándole el paso a Bolívar, más radical, republicano, más arriesgado, que en ese momento venía de una sucesión de espectaculares victorias sobre los realistas en el norte.

 

Y así pasó el 28 de julio, con su Acta de la Independencia, su Himno, la bandera rojiblanca y la Declaración, todos símbolos.

 

Claro que no se debe subestimar el hecho de que la primera expedición libertadora llegada desde Chile haya obligado a los realistas a retirarse hacia los Andes.

 

Pero si hay que celebrar el bicentenario, no debemos olvidar a Túpac Amaru, líder de la primera y verdadera revolución social peruana y a Simón Bolívar y Sucre, quienes obligaron a los españoles invasores a capitular en Ayacucho luego de vencerlos en Junín.

 

Pero lo de Ayacucho fue solo una capitulación. Y la independencia verdadera aun no la hemos logrado, porque otros buitres colonialistas, Inglaterra y Estados Unidos, llegaron después.

 

Si algo hay que recordar en el bicentenario es la tarea pendiente: la verdadera independencia del Perú y su pueblo. Y esa tarea está en las manos de las actuales y futuras generaciones.

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