Javier Heraud

Para recordar a Magda Portal, un trozo de su poema  escrito en 1963, a la muerte de Javier Heraud, fue publicado en Constancia del ser, en 1965.

Ademas una nota que escribió en La Crónica, 1971 sobre Tupac Amaru y Velasco Alvarado..

Imprecación

Que traspasen los Andes     sus murallas
viejas de tiempo y de tragedia
que crucen los caminos de los Incas
que recorrió Túpac Amaru
los ríos tumultuosos
los valles y las altas sierras
que hiendan los oídos de los pueblos
arrinconados en su inercia
y se estremezca la raíz profunda
a la sangre del Perú     su raza

Hay que decir palabras como puños
en mitin de protesta
palabras como piedras
palabras como flechas
Alzadas a los cielos
semejarán banderas desplegadas 
agitadas o tensas 

y se oirán en el rugir del viento
por encima del mapa del Perú
y sobre el mar y más allá
señalando la ruta de los hombres
por los senderos nuevos

NOTA DE MAGDA PORTAL EN LA CRÓNICA, 1971

Magda Portal, Imprecacion, Javier Heraud

LA LIBERTAD NO MUERE NUNCA. EL CANTO CORAL A TUPAC AMARU

“YO YA NO TENGO PACIENCIA PARA AGUANTAR TODO ESTO “ Micaela Bastidas

Obra poética de Alejandro Romualdo, escrito en 1950, recitada por el mis autor.

Autor: Alejandro Romualdo

 

 

«Volveré y seré millones» fue el grito profético de Tupac Amaru que llego a casi todo el continente en el despertar anticolonial y resuena nuevamente con el despertar anti-neoliberal de toda América Latina.

 

Edgardo Tello

El recordado “Cuyac” vivió en un momento histórico crucial e ineludible para jóvenes como él de alta  sensibilidad social.

Inicios de los 60 bajo el poder de la oligarquía y el pueblo defendiéndose via sindicatos y lucha por tierra bajo una dura represión

Triunfaba la guerrilla en Cuba a fines de 1958 que influyó a todos los pueblos de Latinoamérica. Dividida la izquierda la Rev Cubana abrió nueva opción a la que se incorporó Edgardo Tello.

Su vocación de justicia social lo condijo a alistarse como guerrillero al ELN en 1962. Atravesó la selva boliviana hacia Puerto Maldonado, donde cayó el poeta Javier Heraud en 1963.

Clandestino hasta 1965 que se reincorporó muriendo en acción.

17 de diciembre de 1965, tres en punto de la tarde. Una ráfaga de metralleta siega la vida de Edgardo Tello Loayza. Las montañas del Tincoj, sobre el río Apurímac, acogen su cadáver insepulto y la lluvia lava, persistente, la sangre derramada. Ha caído de bruces, en plena acción. A nosotros nos consta su cuerpo atravesado por las balas, registrado apresuradamente por los asesinos y abandonado después en plena selva”.

Héctor Béjar

 

“Pensando/ en mi pueblo, en ti,/ en los días que nos quita el enemigo,/ marcharé/ a combatir/ por el pan,/ el amor y la alegría”.

      Edgardo Tello

Presentamos algunos poemas de Edgardo Tello con una reseña de su compañero de Milciades Ruiz y de Hector Bejar.

Descargar aquí: Edgardo Telllo: Poema para recordar un cuarto

Hildebrando Perez Grande sobre Javier Heraud

 

El poeta y catedrático Hildebrando Pérez Grande dio la conferencia «Intertextualidad, pertenencia y afectos en la poesía de Javier Heraud». Un homenaje a una de las voces más notables de la poesía peruana.

 

La obra lírica de Javier Heraud (1942-1963) es la evidencia de una escritura que anuncia no sólo un nuevo lenguaje en el quehacer poético sino también un discurso sobre el desencanto de la realidad y el planteamiento de una nueva utopía social. Realidad y deseo, historia y poesía, celebración del idioma, se conjugan en los versos del eterno poeta joven del Perú.

Hector Bejar sobre Javier Heraud y el ELN

Entrevista realizada por Marcos Sipan hace 3 años. Los momentos con Javier Heraud.

Por fin, la verdadera efigie de Javier Heraud

 

Winston Orrillo

   “Voy a la guerra por la alegría, por mi patria,
por el amor que te tengo, por todo, en fin ”
Carta de Javier Heraud a su madre
(Nov.62. Habana, Cuba)

Entre los ríos. Javier Heraud (1942-1963) es un cabal ejercicio biográfico sobre el autor de El río, redactado por Cecilia Heraud Pérez (1943), hermana menor del gran poeta y combatiente revolucionario, y publicado recientemente por el Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Este es un esfuerzo mayúsculo pues, en este volumen de más de 400 páginas prácticamente, ¡y por fin!, nos hallamos frente a la verdadera efigie del eterno Poeta Joven del Perú, allende las tergiversaciones abyectas de los media y más allá de los que, mutatis mutandis, quieren entregarnos a un joven escritor encandilado y engañado por la propaganda socialista, especialmente por el fulgir de la impertérrita Revolución Cubana.

 

Este es un texto que tuvo como base un previo estudio iniciado hacia 1983, con una primera versión publicada, en 1989, por Mosca Azul y Francisco Campodónico F., con el auspicio del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONCYTEC).

 

Esta es una versión esclarecedora, para refutar todas las mentiras que se han “construido” sobre nuestro poeta revolucionario. Nos bastan las propias palabras de Javier -sus cartas especialmente- en las que no cabe la menor duda de que era absolutamente consciente de su decisión de adherirse a la lucha revolucionaria, pero no solo “intelectualmente” sino en la ejecución de acciones que pudieran, por fin, derribar a la sociedad de clases, a este establishment realmente responsable de los desaguisados que vive la humanidad entera.

 

Además, allí está su adhesión a la Primera Revolución Socialista del mundo, a la Patria de Lenin. En carta a su gran amigo, el poeta Arturo Corcuera (n. 1935), escribe sin reticencias: “Cada vez que escucho música soviética me pongo a llorar. Aquí recién me doy cuenta que amo al pueblo soviético, es lo más grande que hay. Estoy leyendo marxismo, a Lenin, a Stalin, etc. Me he dado cuenta (de) que soy marxista leninista y que la única revolución posible es la del proletariado (subrayado nuestro).Tú quieres saber mis impresiones de la URSS. En realidad es más de lo que pudiera decirte, es algo maravilloso, extraordinario. ¡Qué gente, qué bondad, qué humildad! (Entre los ríos…págs. 192-193).

 

Y, en misiva a la madre es aun más explícito: “Soy poeta y con eso nada se hace en el Perú… ¿Qué Uds. se sienten orgullosos de mí como poeta, que los comentarios? Bah, eso es momentáneo. Uds. como familia burguesa tienen que aspirar para mí una posición económica: y eso yo no lo acepto. Yo por mí en el Perú sería cualquier cosa. Obrero, peón, no importa: Pero yo sé que a Uds. les dolería. Uds. siempre se han formado la idea de ver a sus hijos ricos, etc.…Y la culpa de eso la tiene la frivolidad capitalista y burguesa. ¿Y qué desea la Unión Soviética? La paz, la amistad entre los pueblos. El pueblo soviético perdió durante la última guerra 17 millones de personas. Todas las noticias a Lima llegan cambiadas. El pueblo soviético es el pueblo + maravilloso que he visto. Ellos no quieren la guerra porque destruiría al mundo. Los americanos sí porque ellos nunca han tenido una guerra en su territorio y no saben cómo es…Pregúntale a Cheli o a Carlos qué piensan de los rusos. Te dirán que en Rusia se comen vivos a los niños y que matan a las mujeres porque les da la gana…” (Ob.cit. pág. 186. Subrayado nuestro).

 

pie
pie

El libro es una riquísima compilación de documentos y testimonios de amigos y camaradas del poeta, los mismos que nos ofrecen una visión cabal del joven bardo, desde su etapa estudiantil –en el colegio y en las universidades Católica y  San Marcos-; así como en los hitos de su estancia en la antigua URSS, en Francia, en Cuba, en la preparación guerrillera, así como en la misma acción heroica que le costara la vida.

 

Así, acá tenemos invalorables opiniones y cartas y demás escritos de amigos,  poetas y escritores como Arturo Corcuera, Mario Vargas Llosa, Alfonso Imaña, Héctor Béjar, Max Hernández, José Miguel Oviedo, Manuel Cabrera, entre algunos otros. Todo lo cual nos permite reconstruir, con precisión, la conducta, actitudes y personalidad cabal de este sui generis poeta y combatiente revolucionario.

 

Pero, en todo esto, sobresale la relación con el padre, cuya personalidad se proyecta sobre el hijo, y cuya enhiesta conducta, ante el asesinato del hijo, es relevante.

 

Así, es imposible no citar la carta de Javier a su progenitor, donde pone los puntos sobre las íes: “Estando fuera se ve bien lo que se vive en Lima. (Esto no lo digo por mí, sino por ti). Tú bien sabes mi filiación revolucionaria y cómo a mí no me satisfacen los medios de vida del Perú. Tú no puedes comprender cómo avanzaría el Perú si viniese la revolución como en Cuba. Yo creo que va a venir, y es tarea a la cual yo tengo que contribuir. Si en este momento estallase un movimiento revolucionario en la sierra yo dejaría todo y llegaría para pelear con las armas. Las elecciones no van a cambiar nada: la revolución tiene que hacerse por las armas”. (Carta desde París. En Ob. Cit. Págs. 187-188. Subrayado nuestro).

 

Javier Heraud en 1960, a los 18 años

Javier Heraud en 1960, a los 18 años.

 

 

Y a su madre, en carta escrita en noviembre de 1962, y que llegara a manos de aquélla cuando Javier ya había muerto: “Si supieras cuánto te amo. Si supieras que ahora que me dispongo a salir de Cuba para entrar en mi patria y abrir un frente guerrillero pienso más que nunca en ti, en mi padre y en mis hermanos, tan queridos…Voy a la guerra por la alegría, por mi patria, por el amor que te tengo, en fin. No me guardes rencor si algo me pasa. Yo hubiese querido vivir para agradecerte lo que has hecho por mí, pero no podría vivir sin servir a mi pueblo y a mi patria. Eso tú bien lo sabes, y tú me creaste honrado y justo, amante de la verdad de la justicia…porque sé que mi patria cambiará (Subrayado nuestro). Sé que tú también te hallarás dichosa y feliz, en compañía de mi padre amado y de mis hermanos, y que mi vacío se llenará pronto con la alegría y la esperanza de la patria…Te besa tu hijo. Javier”.

 

Lo que sucede, para que entienda el lector, es que esta carta fue dejada, expresamente, por el joven poeta para enviársela a su madre si él muriera: por eso la misiva comienza: “Querida madre: No sé cuándo podrás leer esta carta. Si la lees querrá decir que algo ha sucedido en la sierra, y que ya no podré saludarte como siempre…” (Ob.cit. pág. 365).

 

En efecto, la carta le fue remitida a la madre del poeta, en vista que éste había caído en combate (se refiere, Javier, a la sierra, porque allí era donde debía iniciarse la chispa guerrillera: él cayó en Puerto Maldonado, precisamente, cuando se encaminaba, con su pequeña columna de vanguardia, hacia aquel lugar escogido para el inicio de las acciones revolucionarias en el Perú.

 

Por otro lado, el libro de Cecilia nos ofrece la numerosa serie de premoniciones que Javier tiene de su cercano fin, aparte del muy conocido “Yo no me río de la muerte” y su no miedo de morir “entre pájaros y árboles” que fue, precisamente, donde la andanada de balas criminales de un grupo de engañados pobladores, amén de policías, curas  y “autoridades”, acabó con su vida (como dato de una típica desinformación: el pueblo de Puerto Maldonado había sido, previamente aleccionado con la característica mentira fascista, al decírsele que estaba viniendo un grupo de criminales a robarles sus mujeres y sus propiedades…Solo así se entiende la ferocidad de la acción que acabara con la vida del Poeta Joven y dejó malherido a Alaín Elías, su compañero en la ya histórica canoa, en el centro del río Madre de Dios).

 

Aparte de lo anterior, no olvidemos que él había firmado su primer libro, a su hermano Jorge (Coco), como “el muerto de la familia”.

 

Javier  –escribió Cecilia- nos decía: “ Ya verán, yo seré el Rimbaud del Perú, escribiré hasta los 21 años y nunca más…”. Y lo asesinan en mayo de 1963, ¡precisamente a esa exacta edad!

 

Murió, pues, en efecto, a los 21 años: había nacido el 19 de enero de 1942.

 

Escribió  Arturo Corcuera “En toda la literatura universal no he visto un poeta que, como Javier, hablara con una idea premonitoria tan marcada de la muerte. Es realmente sorprendente  cómo hablaba de ella, sin miedo, con tanta naturalidad”.

 

El hermoso y heroico poeta joven, que ofrendó su vida por el inicio de la Revolución Peruana, había escrito, no lo olvidemos jamás: “Quiero que salgan dos/ geranios de mis ojos, de/ mi frente dos rosas blanca/ y de mi boca/ (por donde salen/ mis palabras)/ un cedro fuerte y perenne,/ que me dé sombra cuando/ arda por dentro y por fuera,/ que me dé viento cuando la lluvia/ desparrame mis huesos.// Echadme agua todas/ las mañanas, fresca y del río/ cercano,/ que yo seré el abono de/ mis propios vegetales.” (¿Se referiría al río Madre de Dios, donde lo mataron, y al que evoca, asimismo, premonitoriamente en su primer poemario, titulado asimismo, El río?)

 

Las balas dum dum, que lo abrieron como una flor, lo único que hicieron fue acelerar su paso a la inmortalidad.

 

En este pulcro volumen recientemente publicado por el Fondo Editorial de la Universidad Católica, Cecilia Heraud ha pagado una deuda que la historia de la literatura y del pensamiento revolucionario del Perú reclamaba. Ella, organizadora de varias bibliotecas, y amante de los libros y la poesía, nos ha entregado un volumen que es un verdadero repositorio y un inexhaustible venero para todos los que quieran aprehender la urdimbre de un joven y revolucionario Poeta Joven, paradigma del nuevo Perú, aún por edificarse.

 

Fuente: Pacarina del Sur – http://pacarinadelsur.com/home/senas-y-resenas/999-por-fin-la-verdadera-efigie-de-javier-heraud

Javier Heraud (Lima, 1942 — Puerto Maldonado, 15 de Mayo 1963).

En 1958, ingresa en el primer puesto a la Facultad de Letras de la Universidad Católica del Perú.

En 1960, es nombrado profesor de inglés en el Colegio Nacional “Nuestra Señora de Guadalupe”. Además obtiene, con César Calvo, el Primer Premio en el Concurso “El Poeta Joven el Perú”.

En 1961, es nombrado profesor de Literatura en la Gran Unidad Escolar “Melitón Carbajal” y viaja a Moscú, invitado al Fórum mundial de la Juventud. Permanece en Rusia, conoce Asia y pasa luego a París y a Madrid. Retorna a Lima el mismo año.

En 1962, viaja becado a Cuba para seguir estudios de cinematografía. En 1963, regresa al Perú como militante del Ejército de Liberación Nacional del Perú (ELN) y muere abaleado en medio del río de Madre de Dios (Puerto Maldonado), en el suroriente peruano. Póstumamente, obtiene el Primer Premio de Poesía en los Juegos Florales convocados por la F. U. S. M. (Federación Universitaria de San Marcos), con su poemario “Estación Reunida”. Es considerado el más alto poeta de la generación de los 1960.

 

En sus versos, armoniosos y sutiles, transparenta su acentuada tendencia revolucionaria, es así que, sus obras sirven de modelo para la poesía revolucionaria.

Sus obras: “El Río” (1960) (En este poemario, Heraud es representado por el río, además presiente su muerte: “Yo nunca me río de la muerte, simplemente no me da miedo morir entre pájaros y árboles”). “El Viaje” (1961), “Estación Reunida”, “Poemas de la Tierra”, “Viajes imaginarios”, “Poesías completas y homenaje” (1973).

JAVIER HERAUD: AÚN ES TIEMPO DE RECUPERAR LA PRIMAVERA

Autora: ROSINA VALCÁRCEL CARNERO
Texto editado en Perú e Italia 2018
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Testimonio-crónica
JAVIER HERAUD:
AÚN ES TIEMPO DE RECUPERAR LA PRIMAVERA
«Recuerda que tú nos hiciste honrados y reclamar la justicia» J.H.
         La década del ‘60 se bautiza con un suceso cultural de gran significación: El viaje de Javier Heraud, poemario que alcanza el primer lugar, conjuntamente con Poemas bajo tierra de César Calvo en el concurso El Poeta Joven del Perú, convocado por la revista Cuadernos Trimestrales de Poesía de Trujillo. En 1961 escribe Estación reunida. En 1963, con el seudónimo del El Leñador, obtiene póstumamente el primer premio de poesía en los Juegos Florales convocados por la Federación Universitaria de San Marcos. El jurados lo integraron Javier Sologuren, Washington Delgado, Gustavo Valcárcel, Edgardo Perez Luna y Arturo Corcuera.
         ¿Quién es este bardo joven que encandila con su poesía de versos breves y abundantes verbos? Sin saberlo, con delectación de artista, Javier moldea un estilo que trata de acercarse al ambiente de la época. Sus vocablos fértiles denotan eso y, cuando intuye la miseria, la imposibilidad del lenguaje para aprehender tanta vida, el poeta exclama:
         Ah embarcación tonta / y muerta / nada pude hacer contigo / sólo destruirte para siempre.
         ¡Qué cercano a Rimbaud!, quien –joven como él-, descubrió la ambigua omnipotencia del lenguaje. Sin embargo, Javier consciente de su historicidad, habitante de una «nación en formación» va más allá erigiéndose pregonero de la solidaridad humana.. Por ello «su viaje» culmina en el reencuentro del hombre con su tierra y el resto de los humanos.
         Miraflorino, nace a las tres de la mañana del 19 de enero de 1942. Su infancia –ese enorme caudal subjetivo que todos sobrellevamos- transita en el seno de una familia de clase media, esmerada en educarlo dentro de una concepción del mundo que parecía quieta y eterna. No crece infeliz ni desconfiado. Más bien con la seguridad que dispensan una cultura y ambiente armoniosos. Javier en la adolescencia era realmente un muchacho citadino. La evocación de su hermana Cecilia, muestra una relación familiar estable y tierna:
         «Solíamos oír música en el viejo radio de tubos de los años ‘40. En él compartíamos las radionovelas que escuchábamos a escondidas de nuestro padre o las increíbles aventuras de Poncho Negro («el invencible caballero / con su fuerte brazo y noble corazón, / corre el mundo destruyendo justiciero, / la codicia, la maldad y la traición»)…
Gustábamos de la música de la época y pasábamos horas entrenando pasos de rock. Me parece ver a Javier imitando, en medio de la sala de la casa, a Elvis Presley o haciéndome pasar en ambicioso paso entre sus enormes piernas abiertas. Escuchábamos a Bill Halley y sus cometas o a Javier Pérez Prado y sus mambos (decían que la iglesia excomulgaba a quienes lo bailaban)…. ».
         Tuve la suerte de ver a Javier en tres ocasiones, dos en San Eugenio muy temprano, platicando con mis padres alrededor de una tacita de café, ahí sólo pude saludarle a lo lejos; no imaginé que estuvieran hablando de política. Luego el 9 de abril de 1962, en Santa Beatríz, cuando mi prima Moza Rospigliosi, cumplió 18 años y César Calvo la cortejaba. Asistieron el autor de Ausencias y retardos; Paco Bendezú, Hernán Cortéz, Tomás Escajadillo, Javier Heraud y esta alumna, uniformada. Saboreamos un lonche limeño y una breve conversa. yo me senté a su lado, él me preguntó si me gustaban las fiestas; no sé por qué se me ocurrió decirle que no; quizá como gesto adolescente. Javier sonriente y cómplice me confesó que a él tampoco le agradaban mucho.
Por cierto exageró.
         También se palpa una intuitiva adhesión y respeto por los derechos humanos:
         «Recuerda que tú nos hiciste honrados y reclamar la justicia» le escribía a su padre desde Cuba.          Este marco de cariño familiar atraviesa la poesía de Javier, y no es ajeno a su inclinación por la gesta guerrillera. En su última misiva anota: «Me voy a la guerra por amor, por amor a mi padre y sus durezas, por amor a mi madre y su ternura, por amor a mi patria …»
         Esa sensibilidad natural de Javier, cultivada en el colegio y en su hogar, enervaría en él esas antenas invisibles que tienen los poetas para otear la vida, y le advertían que «afuera», en el mundo, algo se estaba derrumbando. Con la huella de siglos de explotación y oprobio los comuneros de los Andes empezaron a exigir el derecho a la tierra. La red de dominación rigurosamente estratificada –que partía desde los grandes intereses internacionales y llegaba hasta el último indio a través de los hacendados y la burguesía nativa- empezaba a mostrar evidentes signos de agotamiento. Mientras, Javier escribía: «No derrumben mi vieja casa …». Pero los acontecimientos estaban cargados de violencia. Desde el destierro, por la dictadura de Odría, «los poetas del pueblo», en su nueva filiación marxista (antes aprista) admiten ya, como Schopenhauer, que la historia se revela en toda su dignidad cuando el hombre ha hecho que estalle en su corazón la voluntad de poder. Pero estos escritores, fuertemente influidos aún por Vallejo, habían madurado demasiado para recurrir a la acción (excepción de los exiliados o perseguidos) y para tocar, con ella, el universo: exigían tan sólo devorarlo entero y crudo con los ojos de la poesía.
         Javier estudiaba Literatura en la Universidad Católica. Su hermana Cecilia anota: «recibía presiones en casa para que estudiara Derecho.. Al principio acepta, se matricula en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y comienza a frecuentar la casona del Parque Universitario. Amplía su círculo de amigos poetas con los que empieza a compartir una serie de actividades. Conoce ahí a Arturo Corcuera, César Calvo, Mario Razzeto, Reynaldo Naranjo, Pedro Gori, Rodolfo Hinostroza, Marco Olivera Alcántara».
         Y viene el deslumbramiento: la revolución cubana y con ella Fidel, Camilo, el Che. Una necesidad de cambio estalla en el espíritu de Javier y sus coetáneos se sienten en medio de un huracán que los empuja cada vez con más fuerza, más allá de sus voluntades. Por ello sus recitales trascienden el acto poético y se cristalizan en actos políticos. Un compañero de combate, Pedro Morote, revive:
         «Los jóvenes poetas junto con la dirigencia del FER sanmarquino, estaban a la vanguardia de las movilizaciones obreras y estudiantiles de aquellos agitados años de las postrimerías del segundo gobierno de Manuel Prado. Quien esto escribe, recuerda aún a los poetas, entre ellos a Heraud, Corcuera y Calvo, enfrentados a golpes en el atrio de la iglesia de San Francisco».
         Heraud con una lucidez privilegiada, (era realmente brillante, había ingresado a la Universidad Católica a los dieciséis años y con el primer puesto) explora estilo y temas literarios propios. ¿No es acaso el río la necesidad de afianzar el movimiento, de crecer, la búsqueda de las nuevas aguas líricas que desemboquen en el canto luminoso? La soledad y los pasajes fantasmales de Machado, tan caros a Javier, darían paso a una fiesta de palabras en la que «los árboles cantan con su corazón de pájaro». Es ahí, por la faz del optimismo que entiende que escribir no es alejarse de la vida para contemplar desde un mundo en reposo las escenas platónicas y el arquetipo de la belleza, ni dejarse penetrar por las palabras desconocidas –como espadas- que nos cercan por detrás, sino es ejercer un oficio, como bellamente lo señalan estos versos de su Arte Poética:
         (…) Pero conforme pasa el tiempo / y los años se filtran entre las sienes, / la poesía se va haciendo / trabajo de alfarero, / arcilla que se cuece entre las manos / arcilla que moldean fuegos rápidos …
         ¿Se es lo que se hace? ¿Uno mismo se puede hacer en esta sociedad donde el trabajo está enajenado? ¿Qué hacer, qué finalidad elegir hoy?, ¿Y cómo hacerlo, con qué instrumentos? ¿Cuáles son las relaciones del fin y los medios en una sociedad basada en dominación y violencia? Estas preguntas, sartreanas por esencia, hallan en Javier la única respuesta posible: el compromiso …
         Y la poesía es / un relámpago maravilloso, / una lluvia de palabras silenciosas, / un bosque de latidos y esperanzas, / el canto de los pueblos oprimidos, / el nuevo canto de los pueblos liberados …
         A propósito Héctor Béjar, compañero de armas de Javier, da este testimonio:
         «Yo creo que Javier es un caso extraordinario en el que la poesía y la revolución se entrecruzan con una fuerza inédita en nuestra historia Javier siguió escribiendo incluso en la guerrilla (…) Es evidente que también su poesía, acusa una evolución que desgraciadamente no es muy conocida porque gran número de sus poemas se perdieron con su muerte. Pero, creo que él, aunque sea difícil decir esto, y siempre es tan riesgoso decir lo que ha podido pensar –de alguien que ha muerto–, había decidido ser sobre todo un combatiente, un revolucionario. Esa era su actitud (…)»
         Paralelamente, Julio Dagnino sostiene: «De La Habana a Bolivia habíamos viajado por diferentes rutas para lograr nuestra finalidad de entrar armados al país. Con Javier Heraud me vi nuevamente en La Paz. Nos cruzamos sin dirigirnos la palabra pues viajábamos clandestinos. Cuando surcábamos el río Chapare, en Cochabamba, nos volvimos a ver; a propósito de un círculo que se organizó con él, Héctor Béjar, Abraham Lama («Junco») y yo.. En las orillas del río, entre otros puntos, tratamos sobre el realismo socialista y la presencia canónica de Joyce y Proust. En ese debate Javier, que era muchos años menor que nosotros, destacó. La forma de plantear el problema y el desarrollo no esquemático que le dio al papel de la literatura en el proceso de la revolución socialista fue convincente en el círculo que se caracterizaba por su posición crítica a los sesgos que entonces iba tomando el realismo socialista.
         Escuchemos, la «Explicación» de Javier:
         Antes hablé del río y las montañas, / canté al otoño, al invierno, / maldije al verano y a sus ritos. / Hablé, paseé, pisé otras tierras, / dije paz en Moscú, en plazas, / en calles y puentes. / Hoy hago otra cosa / (…) Un día conocí a Cuba / conocí su relámpago de furor (…) Y recordé mi triste patria, mi pueblo amordazado, / sus tristes niños (…) Triste Perú, dijimos, aún es tiempo, de recuperar la primavera … Se acabarán, dijimos, las fiestas / palaciegas para los menos / y las mesas sin comida / y con hambre.
         Cuando treinta balas dum-dum lo atraviesan, entre pájaros y árboles, Javier hace estallar en mil pedazos la torre de cristal en la que hubieran deseado seguir refugiados muchos intelectuales. La época exigía no sólo lugar al incendio con la palabra. Por ello Javier Heraud se constituye en una respuesta ideológica, cultural y política frente a la inoperancia del desarrollismo y al fracaso de la burguesía nacional.
         En la carta dirigida a Arturo Corcuera, desde París, le comenta su lectura de Marx y Lenin y su asombro: él era ya, antes de revisarlos, «marxista, leninista». Javier nos permite entender no sólo el rol de la violencia revolucionaria, sino el significado de la década del sesenta en la historia peruana contemporánea y en la historia general de nuestro país. Desde su trinchera, él nos muestra, lo que a tientas sospechábamos: en el Perú, también la poesía –ese bastión inaccesible de la imaginación-, nunca había sido pura. El más puro de todos, Eguren, estaba lleno de mundo. Su cercanía a Mariátegui influyó en ello. Y están también Melgar, Oquendo, Vallejo.
         El gesto de Heraud, asumido con responsabilidad y que expresa una adhesión al mito revolucionario de la época, da un valor histórico a su bella existencia. Lo convierte en el paradigma de la generación del ‘60. El mérito de Javier es que siendo fruto de su tiempo, trastrueca su historicidad, influyendo y proyectándose en el continente. Elevando la escritura, creando canales de expresión inéditos en nuestra literatura, superando el divorcio entre lo puro y lo social, aperturando la reinserción progresiva del lenguaje en la historia social. Los límites del lenguaje fueron revisados por él en el monte. Y aunque Javier cayera, su mensaje, signado por la fe y la esperanza, ha convulsionado a todos sus contemporáneos.
         Notita
         Javier Heraud Pérez. Nace en Miraflores, Lima, el 19 de enero de 1942. Y, en Madre de Dios, el día 15 de mayo de1963 fue asesinado. Partió, nuestro poeta, soñador, guerrillero, un joven de genio fuerte, pícaro y que escribía como los dioses.
         Desde niño mostró un gran interés por el estudio, lo que se reflejó en el ámbito académico, al ocupar el segundo puesto de su promoción en el colegio Markham. y el primer puesto de ingreso en la Facultad de Letras de la PUCP en 1958. En 1960, aún siendo menor de edad, publica El río, poemario donde hizo gala de su talento para la composición literaria.
15 de mayo 2018 18:22

RECORDANDO A JAVIER HERAUD

Escribe: Milcíades Ruiz

Está cercano el “Día de la Madre” y no pude evitar recordar a la madre de Javier Heraud, a la mía y a la del sindicalista Luis Zapata Bodero, que al enterarse de que su hijo querido había caído luchando en la guerrilla del ELN en Ayacucho, sintió el desgarro emotivo que la estremeció de tristeza y llanto. Luego del golpe, reaccionó con gran coraje y nos dijo: “Hay que seguir en la lucha”.

 

 

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Hace 56 años el calendario era como el actual. El día 12 de mayo de 1963 se celebró el Día de la Madre, pero ese día la mamá de Javier Heraud como de muchos jóvenes becarios que fueron a estudiar a Cuba, no recibieron el abrazo ni la llamada telefónica que toda madre espera. Todas se preguntaban ¿Qué habrá pasado?

 

Ese domingo, Javier Heraud, con uniforme verde olivo, dejaba atrás el río Manuripi en la selva boliviana y caminaba por un sendero “entre pájaros y árboles” cargando una ametralladora ZB30 rumbo a la frontera con Perú, cerca de Puerto Maldonado para iniciar la guerra revolucionaria por una patria socialista. Tres días después, el 15 de mayo, los medios de comunicación propalaban la noticia de la muerte de Javier acribillado en una canoa en el lecho del río madre de dios. El río era su otro yo, y expiró entre pájaros y árboles.

 

Es de imaginarse la sorpresa y el inmenso dolor de su madre que lo creía en Cuba estudiando para lo que había sido becado. Y las madres de quienes estábamos en la misma condición de Javier clamando al cielo porque sus hijos becarios no estuvieran en las mismas andanzas. “Tu hijo también está muerto y no va a volver” le decían a mi madre, pero ella se aferraba a su esperanza de fe, en medio de su tristeza. Ellas nos acompañan siempre en el pensamiento, asumiendo sufrimientos de toda índole.

 

Al recordar a Javier, pienso que tan solo somos un estado de la materia. Una glándula genérica que, al ser impactada por las condiciones del entorno, segrega pensamientos y sentimientos particulares. Es nuestra sensibilidad personal que se procesa desde nuestra gestación. Podemos ser distintos, pero nos acoplamos con nuestros similares. Espontáneamente nos nace cantar, reír o, luchar por un ideal, solos o en compañía. Javier Heraud lo hizo y se incorporó a la Ilíada revolucionaria de su época, sin saber que los dioses del Olimpo dialéctico le tenían reservada una epopeya heroica.

 

 

Pero los Apus de nuestra cordillera lo rescataron para nuestra historia y allí mora su ejemplo, como el más puro paladín de los precursores del socialismo peruano. Tenía apenas 2o años, cuando sus proezas poéticas ya eran reconocidas. Pero le faltaba completar la epopeya en su parte más dramática. Coincidimos en este escenario, junto con nuestras madres. Javier era un río y no tenía miedo de morir entre pájaros y árboles, pero se atrevió a desafiar su designio, como lo hicimos sus compañeros asumiendo el llamado histórico.

 

No estaba solo cuando en 1961, una bandada de jóvenes, se posaba en la casona de la Universidad de San Marcos para postular un mejor futuro, accediendo a una beca de estudios ofrecida por la triunfante Revolución Cubana. El jolgorio juvenil nos embargaba abrigando muchas ilusiones y partimos en el verano de 1962, rumbo a la Habana. Al llegar encontramos una gran euforia popular. Eran los primeros años de la construcción socialista y la efervescencia estaba en su punto más alto.

 

En este nuevo escenario, veíamos a todo el pueblo armado circular por las calles, ya como soldados uniformados de verde olivo, ya como milicianos con uniforme jean azul. Hermosas milicianas con pistola al cinto, boinas y botines militares, hablando de los logros, de la guerra de guerrillas, de los combatientes, de Fidel, de Raúl, del Che, Camilo Cienfuegos y muchas heroicidades.

 

Los afiches, carteles y retratos de los guerrilleros estaban por todas partes y multitudes llenaban extensas plazas para las conmemoraciones. Las delegaciones revolucionarias de todo el mundo expresaban su admiración y las brigadas de alfabetizadores recorrían los campos. Entre ellos algunos peruanos que llegaron antes. La torrencial lluvia de la Revolución Cubana hacía reverdecer las zonas áridas de la política Latinoamericana. Nosotros éramos los brotes y allí nos encontramos con otros jóvenes de países hermanos.

 

 

La reforma agraria, la nacionalización de los recursos naturales y de las industrias, la escolaridad gratuita, con libros y uniformes para todos, atención médica gratuita incluyendo medicinas. Ex trabajadoras domésticas estudiando medicina y otras profesiones. Todo nos conmovía profundamente, impactando nuestra sensibilidad. Imposible sustraerse a este escenario.

 

Fidel nos visitó en nuestro alojamiento y junto con él, nos sentamos en el piso para hablar de los estudios, de la revolución cubana, de la realidad peruana, preocupándose porque tuviéramos todas las comodidades. Hasta ordenó se le dieran zapatos nuevos al ver a un becario con las zapatillas rotas. Su sencillez, su solidaridad con nuestra situación nos daba confianza para conversar animadamente.

 

Por eso, cuando al despedirse nos ofreció su ayuda a los que voluntariamente quisiéramos prepararnos como combatientes de la revolución peruana, muchos becarios no dudamos en apuntarnos. Unos cuantos prosiguieron como becarios. Pero ver a Javier Heraud anotarse entre ente los aspirantes no podía pasar por alto. ¿Un joven miraflorino, con modales cultivados, pasaría la prueba previa?

 

Había que subir por las estribaciones a la montaña más alta de Cuba, el pico Turquino y recorrer los campamentos guerrilleros de “Sierra Maestra”. Pero Javier no solo se enroló, sino también animó a los otros poetas de su grupo de amigos hacer lo mismo. Ellos siempre estaban juntos compartiendo sus afanes literarios. Estaban, Mario Razzeto, Edgardo Tello, Pedro Morote, Rodolfo Hinostroza, Marco A. Olivera. Todos muy jóvenes.

 

La mayoría de becarios éramos de condición humilde, provincianos y acostumbrados a una vida ruda. Algunos becarios provenían de la serranía donde caminar cerros es común y sufrir los abusos gamonales no era raro. Teníamos sobrados motivos para abrazar la causa revolucionaria, aunque ello nos cueste renunciar a la soñada profesionalización y quizá, hasta la vida.

 

Mi procedencia era campesina y ya, llevaba años de estudios en la carrera de medicina. De modo que mi disyuntiva era: O solo lucho por mi beneficio personal o lucho porque todos los de mi condición accedan al profesionalismo en una nueva sociedad. Opte por lo segundo. Lo propio hicieron los demás al tomar su decisión respectiva. Pero en el caso de Javier Heraud, resultaba difícil entender su disposición a luchar por los pobres del Perú, abandonado sus enormes posibilidades personales.

 

Creo que la explicación está en su sensibilidad. Los poetas son los que expresan su sensibilidad de la manera más elocuente. Los insensibles opresores, jamás podrán ser poetas. Poetas hay muchos. Pero no todos tienen la sensibilidad diferenciada del amor por los indefensos a tal punto de dar la vida por ellos. Hace falta una fuerza conmovedora interior como la tenía Javier Heraud. Eso marcó su designio.

 

Al llegar a la frontera recibimos la mala noticia de que no tendríamos la ayuda comprometida para llegar al teatro de operaciones. Una traición institucional por ambición electorera puso en peligro la vida del conjunto guerrillero dejándonos en abandono. Los Apus de la cordillera discutieron las alternativas dialécticas, pero era necesario que Javier cumpla con su designio, o todos moriríamos en el intento.

 

Hicimos campamento en San Silvestre, y después de discutir soluciones, decidimos enviar un comando especial en una misión muy riesgosa. Pedimos voluntarios y Javier se apuntó. Traté de disuadirlo, pero todo fue en vano. Al despedirse me pidió mi pistola y se la di con 30 municiones. Iba camino a su inmolación. El designio se cumplió. Su muerte nos salvó de una masacre segura.

 

Los Apus de la cordillera hicieron que su pecho ensangrentado emanara una diáspora de flores de mil colores que se dispersaron elevándose para alojarse entre los más pobres del pueblo que amó. Su nombre apareció entonces en las promociones estudiantiles, en las solemnidades del mundo literario y muchos asentamientos humanos como también centros educativos, llevan su nombre.

 

Al igual que Mariano Melgar que respondió a su tiempo, Javier Heraud vive en el corazón de nuestro pueblo. No ha muerto totalmente y su ejemplo sigue animando a nuestra juventud. Está cumpliendo una misión de mayor alcance.

 

Este 15 de mayo, hagamos algo más que un minuto de silencio, como retribución a lo que Javier hizo por nosotros.

 

Mayo 2019

 

Otra información en https://republicaequitativa.wordpress.com/

 

MARY Y SUS ESPIGAS DE TRIGO CANDEAL

Por Jorge Rendón Vásquez

 

Tenía siete o quizás ocho años, y quería ver que había más allá de las chacras que alcanzaba a divisar cuando ascendía al balcón de su casa. Pero no se sentía satisfecha. Un día se fijó en el campanario de la iglesia del pueblo, y se dijo que allí podría saciar su curiosidad. Esperó que el cura partiera, subió por la desvencijada escalera a los arcos del campanario y oteó el horizonte. En la lejanía, el verde de las colinas se disolvía en el morado de las montañas que, en oleadas, se entregaban al azul del cielo. Mary contempló extasiada ese espectáculo, y comprendió que había en él un misterio que ella tendría que desvelar algún día. Sólo al terminar su adolescencia en la Universidad comenzó a pensar que la clave de ese misterio podría ofrecérsela la poesía.

En enero de 2018 me encontré con Mary en Arequipa. En su casa rodeada de frutales en “La Chacrita” de Cayma se disfrutaba de la quietud de los años jubilares. En el semblante de Oscar, su esposo, y en el suyo se contemplaba la misma serenidad de otros años, pero más reflexiva. Aún atendían las consultas médicas de antiguos clientes. Tras el intercambio de noticias y recuerdos, Mary tomó de un estante dos libros que acababa de publicar y me los entregó. Uno era de poesía: Espigas de trigo candeal; y otro de relatos breves: Mis cuentos chinchilicos. Los hojée al desgaire y supe que Mary me había hecho un homenaje especial al dármelos.

De vuelta, en Lima, estos libros fueron colocados con otros sobre una mesa, de donde pasaron a un estante. Probablemente se entretuvieron allí haciendo amistad con los otros y se olvidaron de las tareas que debían cumplir. Los encontró Perla, mi esposa, tras buscarlos en todas partes. Se me ocurrió que sonreían con picardía cuando los puse sobre mi escritorio.

Abrí primero Hojas de trigo candealy, en una hora, ya lo había leído dos veces. No es posible comparar la poesía de un autor con la de otro. Pero me di cuenta que esas páginas están al nivel de las que escribieron Alfonsina Storni y Gabriela Mistral: una madurez semejante, una pureza asombrosa, un mensaje insinuante, aunque, a diferencia de aquellas, ignora los versos metrados y rimados, y se regocija en el verso libre que le fluye con la naturalidad de los manantiales del Viraco de su infancia, límpidos y frescos.

Con mucha dificultad, porque todos son tan buenos, he seleccionado cinco poemas de Mary Vásquez Góngora que me complazco en compartir con mis lectores.

(14/4/2019)

 Ver poema: MARY Y SUS ESPIGAS DE TRIGO CANDEAL