EL CONGRESO FALLIDO DEL BICENTENARIO

EL CONGRESO FALLIDO DEL BICENTENARIO

Luis M. Sánchez

 

El reciente voto de confianza al gabinete Vásquez es una señal favorable del Congreso, pero conviene no sobreestimarlo. La mayoría del Congreso no ha confirmado su respaldo a las políticas que el Presidente Castillo esbozó en campaña. Los planes de vacancia de los digitadores malévolos tampoco han sido abandonados.

 

La presentación de la primera ministra fue, por otro lado, impecable desde el punto de vista de una funcionaria que se esfuerza por administrar con eficiencia el Estado conforme se venía haciendo, sin luces de sustancial cambio de rumbo. Ello podría anticipar discreción, pero también otro episodio frustrante en el esfuerzo de los pueblos del Perú por corregir los males de la república. La cosa está por verse.

 

El Bicentenario que no llegó

 

Para muchos, en dos cientos años no hay gran cosa que celebrar en términos de república, pero lo cierto es que hay mucho por hacer.

 

El actual Congreso tendría que ser el del Bicentenario de la expulsión de España, el de la reconciliación nacional profunda, y el de la transición histórica hacia una república que deje de jactarse del crecimiento elitista y pase a tomar en serio el bienestar compartido. Pero para el Congreso Alva el Bicentenario no existe. De lo que se trata es de conservar la república tal como estaba, y para ello el congreso ha decidido jugar un papel retardatario. Eso lo hace más fallido que los anteriores.

 

El Congreso previo fue notable en leyes para paliar el desamparo de la gente ante las insospechadas consecuencias de la pandemia. El actual prefiere comportarse como enemigo del ejecutivo, sin entender que la división de poderes no autoriza a socavar el gobierno.

 

El problema no está en el “nivel” de los congresistas como suele alegarse. En fin de cuentas el Congreso solo es una muestra de los niveles que el país produce. Tampoco tiene que ver con la afamada “meritocracia” que la tecnocracia socio Darwinista rediviva repite con rimbombancia supina.

 

El asunto tiene que ver más con la honestidad de los elegidos, con su entereza política y moral y su lealtad a la república. Esto es lo que se deja extrañar en estos días en que la coalición de las oligarquías despliega contra Castillo todas sus ambiciones, sus rencores y sus prejuicios.

 

Legislando contra el país

 

El mayor defecto de este y los otros Congresos tampoco es la escasa producción legislativa como la crítica manida repite. Un congreso respetable no es el que amontona leyes, sino el que hace leyes de calidad. Y en esto el actual Congreso falla más que los anteriores.

 

Su mayor logro legislativo es la ley de la “cuestión de confianza”, con la que el Congreso pasó a atribuirse prerrogativas de poder constituyente, en indudable atentado contra la controvertida Constitución que el país tiene, y contra los pilares del gobierno democrático.

 

Otro fruto prohibido es la ley 31357 que modifica la Ley Orgánica de elecciones. En ella, lo aberrante no está en que suspenda las elecciones primarias – pésima copia de la democracia lobista norteamericana- sino en que cambie las condiciones de un proceso electoral en curso, para acomodarlo al gusto de las agrupaciones políticas que se alistan para las elecciones del 2022.

 

Funesta es también en el actual Congreso la dictadura de la mayoría contra la minoría. Los congresos anteriores al menos reconocían la condición del partido más votado y trataban de armar una directiva plural.  Este congreso decidió que el pluralismo es deleznable y que lo importante es que la coalición mayoritaria se imponga.

 

Aun más lamentable es que el Congreso le haga el juego poco disimulado a los arrebatos golpistas de los ex militares que actúan en su seno. El propósito evidente del acoso contra los ministros de Castillo en estos tres meses, es impedir que Castillo gobierne, a lo que el Congreso se presta irresponsablemente. Antes que promover una cultura de entendimiento, la mesa directiva se muestra más dispuesta al juego del enfrentamiento y la inestabilidad.

 

Fallas de diseño

 

Más allá de los desmanes de la mesa directiva, se vuelve notoria la necesidad de reformas trascendentes para mejorar el desempeño del Congreso. Tal como funciona el Congreso es por ahora un territorio de lobistas y de conspiradores.  La conformación de una mesa directiva plural ayudaría; aun así, subsisten fallas de diseño que inducen a un desempeño mediocre, lo que explica que desde los 90 el Congreso nunca sea visto como poder valioso.

 

Ante todo, hay necesidad de corregir el sistema de representación. La presencia provinciana ha aumentado en el Congreso, pero con el actual sistema Lima tiene 43 representantes (contando Lima, Lima provincias, Callao y Peruanos en el exterior), un tercio de la representación nacional con lo que conserva su poder de manipulación.

 

El diseño de las relaciones ejecutivo-legislativo en la actual Constitución es también fuente de enfrentamiento artificioso entre poderes. No favorece la consistencia en el gobierno que aseguran, por ejemplo, los llamados regímenes parlamentarios. Más bien estimula la “fiscalización” ociosa, las interpelaciones oficiosas – por el puro gusto de joder-, y el boicot al trabajo del ejecutivo cada vez que las mayorías parlamentarias se lo proponen.

 

Las reglas del Congreso tampoco estimulan el entendimiento plural. Más bien propician el enfrentamiento y la dictadura de la mayoría, que se impone en toda la estructura parlamentaria: en la mesa directiva, en las comisiones, en la definición de agendas, en la conducción del pleno, en el manejo administrativo y por supuesto en las votaciones. La mayoría maneja el congreso a su antojo.

 

Otro defecto sustancial es la liviandad en la producción de leyes. La mayoría no solo puede darse el lujo de aprobar leyes contrarias a la Constitución, sino que, en general, todas las leyes no tienen el mérito de una discusión suficiente. Acicateados por el afán de producir leyes al que incitan los medios ignaros y las encuestadoras mal intencionadas, el congreso cambia y recambia las leyes con una facilidad que ningún país serio aceptaría. El Congreso fabrica continua inseguridad jurídica y el país vive en la incertidumbre.

 

Eso lo favorece la existencia de una sola cámara, donde la discusión se trivializa y los debates se convierten en torneos de oratoria insultante, en vez de deliberaciones fundamentadas. Se intentó corregir eso con la segunda votación de las leyes, pero muy a menudo se exonera de segunda votación, como se exonera con frecuencia el debate en comisiones.

 

Una ley debería discutirse al menos 3 veces en cada cámara, para asegurar que el congreso no actúe como una fábrica de baratijas, sino como un poder que toma decisiones meditadas. Un país no puede darse el lujo de cambiar sus leyes a capricho de las facciones partidarias.

 

La ocasión del Bicentenario tendría que haber llevado a una profunda reforma del Congreso y de otras instituciones de la república. El problema es que el actual Congreso no tiene noticia de los retos de la república, y por ahora buena parte de sus miembros y de su mesa directiva, se comportan como si fueran una gavilla de improvisados y complotadores.

 

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