Hablando de candidaturas ¿“Puro Adefesio”?

Hablando de candidaturas ¿“Puro Adefesio”?

Doce Ángulos

Luis M. Sánchez

En Arequipa converso con don Guillermo Aquino, tendero de barrio que vive de sus diálogos con la gente que le compra. Sexagenario con simple colegio secundaria, tiene a cambio algo que la intelectualidad super titulada ha perdido en grado lamentable: sentido común.

¿Qué le parecen los candidatos don Guillermo? Su respuesta suena llana y mortal: “! puro adefesio!”. ‘Adefesio’, dice el diccionario, es algo “feo, ridículo o extravagante”, pero para la gente, y para don Guillermo, es menos ofensivo. Indica algo de poca monta, o de baja calidad.

A primera vista eso es lo que transmiten las primeras encuestas electorales. Sobresalen los candidatos oficiosos. Los Forsyth, los Urresti, los Fujimori. Acechan los Guzmán, los de Soto, quién sabe los Del Solar. El complejo de medios, encuestadoras y opinólogos adiestrados de la capital confecciona en estos días el menú que alcanzarán para que la gente elija, sin noticia de los candidatos del pueblo.

Ni de Antauro Humala, preso por un crimen que no cometió, y por ello preso político en estricto. Ni de Vladimir Cerrón, ni de Santos, ni de Aduviri, todos ellos con procesos judiciales en su contra. Eso advierte una de tres. O los dirigentes del pueblo no han entendido la importancia de practicar una moral sana como hacían los incas; o la política se judicializa contra la izquierda como se hace en Ecuador, o en Bolivia. O las dos cosas.

De la izquierda solo aparece Verónica Mendoza, como para dar señas de que no todo lo que dicen las encuestadoras está programado. Algo es algo, dicen en el pueblo. Precavidamente, Mendoza tiene que leer no tanto las encuestas sino por donde va realmente la gente.

Memorable en su campaña del 2016, en sus mítines del Cusco, hablando a su gente en su naturalidad, en sus mañas, en su lenguaje. Desde entonces Verónica puede haber caído en la trampa de Minerva, tentada por agendas exclusivamente intelectuales o de minorías ultra racionales que casi siempre empujan a la intransigencia.

Su contacto con la gente, con sus millones de productores, de emprendedores del campo y la ciudad, medio quechuas, medio aimaras, medio ashánincas, medio castellanos, pero ante todo peruanos, está descuidado. Por ahí está su reto.

Si Mendoza logra acercarse a ese Perú, empujando un frente de las clases populares con las organizaciones que han ganado protagonismo respetable con su trabajo tesonero desde abajo, puede encontrar su lugar como candidata del pueblo, dejando de ser ficción del menú que la derecha quiere.

Otra voluntad, otro diálogo franco de la izquierda con la gente, otro abrazo con sus grandezas y sus debilidades hace falta. Que no nos hagan creer que el Perú popular está podrido, como recelan los intelectuales de alguna izquierda blanca y confesionaria.

La corrupción estricta se mueve en las alturas, resultado de doscientos años de república y cuarenta de neoliberalismo, y no hay señas de que los candidatos preferidos de las encuestadoras harían algo diferente. La posibilidad de una recuperación nacional está en las manos de los líderes del pueblo.

 

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