La búsqueda de una alternativa civilizatoria

La búsqueda de una alternativa civilizatoria

FUNDAMENTOS ONTOLÓGICOS DEL SUMAK KAWSAY

Silvestre Zenón Depaz Toledo (enlace a la exposición vía zoom al final de este breve ensayo)

Sumilla:

El “sumak kawsay” como sustrato ético de la civilización andina manifiesta un sentimiento cósmico de la vida en el cual todos los entes se hallan vinculados en relaciones de parentesco, co-operación y crianza mutua. La ponencia busca explicitar los presupuestos ontológicos de esa sensibilidad, a fin de evaluar su pertinencia en la construcción de formas sustentables y satisfactorias de convivencia en las actuales circunstancias.

Palabras clave: sumak, kawsay, ontología, andina

La búsqueda de una alternativa civilizatoria

 

 

Vivimos en un período caracterizado por fenómenos sin parangón con la historia previa, como el número de la población humana (desde comienzos del siglo pasado se ha quintuplicado: somos ya casi 8,000,000,000 millones de personas), con procesos migratorios de gran escala, viviendo en su mayoría en ciudades con alto consumo de energía y producción de desechos. El grado de artificialización del entorno, la celeridad de las comunicaciones, el volumen y ritmo de producción de información, el impacto de la acción humana sobre la tierra, la atmósfera, las fuentes de agua y la totalidad de la biósfera son fenómenos de gran alcance, algunas de cuyas consecuencias son ya visibles, como la disminución de las reservas de agua dulce, el empobrecimiento genético o el calentamiento global, indicios del agotamiento del patrón de vida humana que ha predominado a lo largo de los tiempos modernos. Ello pone ante nosotros la necesidad de discutir los horizontes de sentido de una alternativa civilizatoria de alcance planetario, basada en la convivencia respetuosa no solo entre los seres humanos, sino también con los demás seres que hacen parte del mundo.

 

El capitalismo, fenómeno sistémico que resume la lógica de la modernidad y la preside, se sostiene en la creencia injustificable de que es factible y deseable su acumulación incesante, con el crecimiento indefinido de la productividad y el consumo. Se sustenta en el culto del poder, entendido como dominio creciente de la naturaleza y del hombre. Ha exacerbado algunas claves ontológicas y valorativas que traía consigo la tradición occidental, llevándolas en dirección a una hipertrofia de la operatividad, estrechando las perspectivas valorativas vinculadas a la expansión de la vida, sin las cuales aquella operatividad se vuelve ciega.

 

 

Desencantamiento del mundo y nihilismo

 

 

En la ontología moderna, el pasado y el futuro, los antepasados y los que vendrán, simplemente no son, pertenecen al ámbito del no-ser. Dado el carácter contractual de su ética y derecho, no hay obligación alguna con los antepasados, menos aún con los que aún no están presentes y tal vez nunca lo estén, pues no cabe contrato alguno con lo que no puede estar presente y, por tanto, no es. Aquella sensibilidad alienta una conducta predatoria. Esto no ocurre en las culturas andinas: en ellas la comunidad y el sentido de respeto que la sustenta abarca a los antepasados y los que vendrán, los cuales requieren de cuidado y son sujetos de “derechos”, si entendemos por ello el reconocimiento de su participación en el mundo compartido. En tal sentido, esta ontología sí posibilita hablar de los derechos de las futuras generaciones, de los antepasados o aún de la naturaleza.

 

Asimismo, dado que la sensibilidad andina experimenta el mundo como un precario juego de fuerzas pasible de desequilibrio y dispersión, propende a su cuidado, a la crianza recíproca. Esa sensibilidad puede favorecer hoy la restitución de la dimensión ética del saber y el reencantamiento del mundo y la vida, proveyéndole raigambre cósmica y, con ello, una epistemología de mayor alcance que aquella objetivante y cosificante que la propia ciencia contemporánea ha puesto en cuestión.

 

El capitalismo se sustenta en la creencia de que es posible “controlar” las fuentes de la riqueza (la naturaleza y el hombre) mediante el cálculo racional. Esa creencia también ha sido revisada por la propia ciencia que en sus inicios estuvo animada por tal pretensión y hoy reconoce los límites de la previsibilidad y el cálculo, así como el juego del azar y la probabilidad. Hoy sabemos que el poder entendido como dominio conduce a la pérdida de autonomía; que si le rendimos culto acabaremos siendo sus esclavos.

 

La dominación se sustenta en la desunión de los dominados, en su atomización, en la institución de un mundo concebido como un agregado de seres particulares y una sociedad resultante del cálculo individual egoísta. Su desmontaje puede ser facilitado por una ontología relacional como la que caracteriza al mundo andino. El poder solidario, que se sustenta en la cooperación, halla un soporte en esta ontología que afirma la vida, el goce y la potencia, revirtiendo el aislamiento. Hoy mismo, la resistencia al capital se articula en el mundo desde una lógica de redes, desde una valoración positiva de la diferencia y el sentido comunal de pertenencia a un ámbito vinculante mayor.

 

La vida se perpetúa a condición de diversificarse. En el mundo de la vida no hay dos seres, ni dos situaciones idénticas. Todo es diverso. En el mundo andino prima el cultivo de la diversidad. No existe la idea de que haya especies “mejoradas” y otras “desechables” que deben ser sustituidas hasta desaparecer. Cada una tiene su propio valor. Es, por ello, de uno de los espacios de mayor crianza de la vida que registra la historia, y contiene un gran potencial como referente colectivo para formar el imaginario de una sociedad alternativa que promueva el respeto y cultivo de la vida.

 

El orden capitalista exige la homogenización cuantitativa de lo que es diverso. En él todo debe ser calculable, planificable, manejable. Por ello lo convierte todo en mercancía, como marca de su imperio. Violenta lo existente para someterlo al cálculo, reduciéndolo a pura cantidad, a “valor de cambio”, excluyendo las cualidades específicas que lo hacen incomparable y valioso en sí mismo. Se sostiene, pues, en una violencia continua; pero allí radica también su mayor debilidad. El llamado “socialismo real” perdió la contienda al reproducir esa lógica.

 

Cabe notar que aquella violencia brota de sujetos cuya actividad fundante, el trabajo, que tiene la condición penosa del castigo, remite al fondo mítico judeocristiano del que brota el mundo moderno. Se trata del trabajo enajenado, que es necesario liberar buscando su trasmutación lúdica, para acercarlo a la celebración, el juego, el arte y la fiesta. En el mundo andino persiste un sentido celebratorio del trabajo vinculado a la vida comunitaria y la práctica de la reciprocidad. Aquella vivencia del trabajo constituye otro elemento de gran potencia para la reconstrucción de los sentidos de vida en el mundo contemporáneo.

 

El cultivo de la diversidad y la experiencia celebratoria del trabajo suponen un sentido del parentesco cósmico, el respeto por la naturaleza como pluralidad de comunidades y agentes. Esta sensibilidad se halla ausente en la que hoy es dominante; le es radicalmente opuesta. Si hay algo que caracteriza al modo de vida moderno es precisamente la desacralización del mundo y la vida. Ello contrasta con la actitud de las culturas vinculadas a la tierra, que han mostrado siempre un gran respeto por la naturaleza -venerada como fuente de vida- y una sensibilidad para lo sagrado, concebido como inmanente al mundo.

 

Aquí habría que notar que no hay manera de justificar racionalmente el valor y el sentido de la vida. La ciencia moderna se desentiende de ese problema y la filosofía correspondiente es un gran fracaso al respecto. Si no suponemos que la vida es valiosa en sí misma, ésta no tiene ningún sentido, se descalabra el mundo. Si la alternativa consiste en asumir el mundo y la vida como sagrados, podemos reivindicar el sentido de lo sagrado sin tener que identificarlo con ninguna confesión religiosa en particular, mucho menos con los fundamentalismos de matriz judeo-cristiana-islámica, que han incubado la intolerancia y el desdén por el mundo y lo corporal.

 

Más aún, en relación a aquella matriz cultural, y en particular a su vertiente cristiana, cabe notar su responsabilidad en la desacralización y cosificación del mundo al haber situado lo sagrado en un Dios absolutamente trascendente, sin cuya voluntad ni siquiera habría existido mundo alguno, con lo cual éste pasó a ser considerado ontológicamente contingente (carente de necesidad y sentido propio), y encomendado al dominio del hombre, “imagen y semejanza” de aquel Dios.

 

El desencantamiento del mundo ha sido y es la condición necesaria para la dominación impune y la instrumentalización sin límites de todo lo existente. De allí la importancia de un “reencantamiento” del mundo y la vida, como condición para construir modos de vida alternativos, como un soporte de gran potencia para resistir y desmontar la dominación capitalista, cuyo poder es en gran parte ilusorio, puesto que está contenido por un gran vacío: aquel que tiene que ver con la cuestión central del sentido de la vida y su valor. El capitalismo nada tiene que decir al respecto. Por eso se justifica atender voces alternativas que, despreciadas, cercadas y acorraladas, aún se expresan entre nosotros.

 

 

El horizonte andino

 

 

En el espacio andino surgió, según Arnold Toynbee, una de las seis matrices civilizatorias originales que ha producido la humanidad. Su peculiar geografía, dominada por la alta montaña, con glaciares en pleno trópico, produjo una variedad inusual de climas y pisos ecológicos, y propició en sus primeros pobladores la adopción de una estrategia de vida consistente en el aprovechamiento simultáneo de un máximo de pisos ecológicos, encaminado a promover y cultivar la mayor diversidad posible de formas de vida.

 

En la sensibilidad andina es animista, concibe el cosmos (es decir, lo que aparece ante nosotros como un ámbito con orden y sentido) como la parte visible (fenoménica) de una totalidad viviente y sapiente que excede todo orden. Ese cosmos se halla constituido por diversas comunidades de vida vinculadas entre sí, de la que hacen parte las comunidades humanas, pero también las de las deidades y las de la naturaleza no cultivada por el hombre.

 

Decía que ese cosmos es la parte visible de una totalidad mayor, porque ésta tiene también una dimensión oculta. La parte visible se compone de dos ámbitos vinculados por oposición y complementariedad: el Hanan Pacha (o ámbito de arriba: el firmamento) y el Urin Pacha (o ámbito de abajo, la tierra en que estamos), llamado también Kay Pacha (kay significa “este”, “el de aquí”). Pero, en el interior de ese cosmos dual, y sosteniéndolo, se halla otro ámbito que por no ser cósmico, por exceder todo orden, tiende a ocultarse; es el Uku Pacha (o ámbito interior), que tiene una naturaleza (es decir, un modo de ser) potencial, germinal; de allí brota la fuerza vital que produce, constituye y a la vez consume a los entes del mundo visible, a los que anima y relaciona, dando lugar a un orden dinámico que abarca y sostiene a todos los seres del mundo, en un equilibrio entre una tendencia expansiva, de dispersión, y otra implosiva, unificante. [uso aquí el término “potencial” por referencia a las categorías aristotélicas de “acto” y “potencia”: por ejemplo, un grano de trigo es “actualmente”, en acto, un grano de trigo; “potencialmente”, virtualmente, una planta de trigo].

 

A partir de lo dicho, podemos notar que Pacha, entendida como la totalidad de lo que es, tiene una estructura triádica. No podría ser unidad irreductible, impar, porque lo aislado y sin complemento es chulla (incompleto) y wakcha (palabra que significa pobreza y desamparo). Tampoco podría ser irreductiblemente dual, o múltiple sin conexión, porque, en ese caso cada elemento de la dualidad o la multiplicidad, si existe como algo aislado, sería igualmente chulla y wakcha. Por eso, todo lo que existe se sostiene en una relación, conlleva complemento, siendo en su manifestación mínima dos y, en el fondo, tres, porque la dualidad manifiesta una relación, se sostiene en ella, y la relación (actuando aquí como un “tercero” oculto) es tan real como los términos relacionados, aunque tiende a ocultarse, a pasar desapercibida, excepto para una sensibilidad atenta al tejido relacional que sostiene al cosmos.

 

Así, la Pacha, o totalidad, siendo una, se manifiesta por lo menos como dual, pero remite a un “tercero”, o a un “quinto” si es cuatripartita (que es también dualidad), que funciona como término medio, como vínculo, y se denomina chawpi. De esa manera, la manifestación dual de los fenómenos, que se presentan en relaciones de oposición y complementariedad, no da lugar a dicotomías, precisamente porque la dualidad remite a un chawpi o centro mediador, relacional, vinculante, que permite el discurrir de la fuerza vital o kama. En tal sentido, la Pacha, como totalidad, se manifiesta como espacio temporal, pero excede lo espacio temporal, no es solamente espacio temporal. Es, por tanto, más que un cosmos. Es, digamos, un caosmos, constituido por un cosmos dual fenoménico, que se manifiesta brotando desde un interior caótico en el que, simultáneamente, se abisma todo lo existente.

 

Como no es posible concebir nada aislado, todo ente tiene la condición de un agente que co-opera con los demás, en una suerte de empatía o sintonía universal que abarca órdenes de realidad no necesariamente contiguos, tal como ocurre, por ejemplo, en la medicina o la climatología andinas. En tal sentido, el conocimiento es una capacidad que va más allá de los sujetos humanos. El mundo mismo (como red de relaciones) tiene carácter sapiencial, conoce y manifiesta su saber, a través de señales que es necesario interpretar.

 

El antropocentrismo característico de la cosmovisión occidental se halla ausente. El hombre no ocupa ningún puesto privilegiado en el cosmos. Tan importante como el hombre vienen a ser el cerro, sus animales y plantas, la lluvia o las deidades. Tienen la condición de personas, forman familias y comunidad, hasta abarcar la totalidad.

 

La palabra quechua wakcha, que se suele traducir por “pobre”, se refiere en realidad al aislamiento, la horfandad y la carencia de afecto. Por eso, aún el hombre rodeado de cosas, pero solitario, es un wakcha, alguien digno de lástima. Aunque, en sentido estricto, no hay nada ni nadie enteramente aislado y carente, pues todos tienen kama, poder o potencia vital que, fluyendo a través de la comunicación y la co-operación, sostiene el mundo entero. Se trata de una cosmovisión en que todos los seres integran comunidades de vida y se crían mutuamente, y la insensibilidad para con el necesitado es inadmisible. Así, el ayni, forma de trabajo colaborativo que se practica atendiendo a criterios de reciprocidad, se funda en la necesidad ontológica de contar con un complemento o yanantin. El imperativo moral de reciprocidad tiene un alcance cósmico. Esa convicción sostuvo el orden comunal andino.

 

El hombre andino concibe al cosmos como viviente y sapiente. Lo sagrado es intrínseco al cosmos; es la potencia ordenadora de todo lo existente; es ese orden y su devenir; es, por tanto, plural. Por ello la sacralidad andina es inclusiva y la idea de un Dios creador ex nihilo le es extraña.

 

Tampoco se concibe la conversión en nada. El pasado se halla operando en el tiempo actual de diversos modos. Los antepasados no pierden gravitación en la comunidad; participan de ella. La regeneración cíclica de las formas de vida incorpora la muerte como complemento del nacer. Por ello, la muerte no se concibe como absoluta cesación de la vida. Quien muere pasa a otra forma de vida, y no está ajeno al juego de fuerzas ni la “conversación” o intercambio de señales que vincula al cosmos en general.

 

En la regeneración de la vida, ésta se amplía, gana en diversidad. Precisamente porque lo nuevo no tiene por qué cancelar lo anterior, con la aparición de nuevas formas o variedades de vida se incrementa la comunidad. Este ha sido un aspecto clave de la estrategia de vida que tomó cuerpo en los Andes.

 

 

………………………………….

 

Aquella sensibilidad ha resistido cinco siglos de colonialidad, de extirpación cultural. Hoy provee soporte a proyectos de rearticulación política en el espacio andino cuyas proyecciones van más allá de la política circunscrita a la convivencia humana. En ellos asoma una cosmopolítica, vale decir, el reconocimiento de la agencia de otros seres, de que su destino está entretejido con el nuestro, así como la voluntad de incorporar ese reconocimiento en los marcos institucionales que sostienen la convivencia. En la constitución boliviana y ecuatoriana se ha incorporado los derechos de la madre tierra y de los hijos de la tierra; se ha incorporado igualmente la noción del “sumaq kawsay”, “sumaj qamaña” (vida plena o buen vivir), entendido como convivencia planetaria desde la diversidad que caracteriza la vida. Aquí he esbozado algunas de las premisas ontológicas de esa propuesta.

 

𝗙𝗢𝗥𝗢 𝗥𝗘𝗚𝗜𝗢𝗡𝗔𝗟 𝗔𝗡𝗖𝗔𝗦𝗛. 𝗖𝗢𝗦𝗠𝗢𝗩𝗜𝗦𝗜𝗢𝗡 𝗔𝗡𝗗𝗜𝗡𝗔 𝗣𝗘𝗡𝗦𝗔𝗠𝗜𝗘𝗡𝗧𝗢 𝗣𝗔𝗥𝗔 𝗚𝗔𝗥𝗔𝗡𝗧𝗜𝗭𝗔𝗥 𝗘𝗟 𝗕𝗜𝗘𝗡 𝗖𝗢𝗠𝗨𝗡 𝗬 𝗚𝗢𝗕𝗜𝗘𝗥𝗡𝗢 𝗘𝗙𝗜𝗭𝗔𝗭. 𝗙𝗜𝗟𝗢𝗦𝗢𝗙𝗢 𝗔𝗡𝗖𝗔𝗦𝗛𝗜𝗡𝗢 𝗭𝗘𝗡𝗢𝗡 𝗗𝗘𝗣𝗔𝗭. 𝗚𝗥𝗨𝗣𝗢 𝗘𝗠𝗔𝗡𝗖𝗜𝗣𝗔𝗗𝗢𝗥

MIERCOLES, 24 FEBRERO⋅8:00 pm

FORO ANCASH es un punto de encuentro para proponer, analizar y el entendimiento para una acción común por el desarrollo alternativo de Ancash que aun padece los males que heredamos de la colonia: inequidad, ausencia de Estado, democracia limitada, corrupción, injusticias. Este miércoles 24 se presenta nuestro paisano ZENON DEPAZ, filosofo de San Marcos que ha rescatado el pensamiento de nuestros ancestros: la COSMOVISION ANDINA bajo la cual se desarrolló una de las civilizaciones más exitosas de la humanidad. Los colonizadores intentaron desaparecer las ideas de nuestros antepasados, pero hay huellas que hoy se han rescatado y que debemos conocer porque son la clave para emprender un nuevo tipo de desarrollo y gobierno basado en el ser humano y el respeto a la naturaleza.

ENLACE Zoom:

 

https://us02web.zoom.us/j/81818213170?pwd=N0hkUkdTNWYzcURlRElTY2ZWWnF1UT09

 

ID de reunión: 818 1821 3170
Código de acceso: 446049

1 Comment

  • Edgardo tritini
    10 marzo, 2021

    Lo que señala el autor de que “el Socialismo Real perdió la batalla ideológica con el Capitalismo al asumir su lógica de reducirlo todo a mercancía” NO es efectivo, ya que los Dirigentes Corruptos y Traidores que destruyeron el Socialismo (encabezados por Gorbachov, Schevarnadze, Yakovlev y Yeltsin) en la URSS y el resto de los países socialistas del Bloque Soviético NO asumieron esa lógica capitalista desde el Socialismo, sino que lo destruyeron arteramente para Restaurar el Capitalismo y enriquecerse como Nuevos Burgueses.
    En el caso de la URSS esto lo hicieron incluso pasando a llevar expresamente la voluntad de los Pueblos de la Unión Soviética, que en Marzo de 1991 votó en un 75 % por mantener la URSS como un Estado Socialista.

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