Treinta monedas por Venezuela

Treinta monedas por Venezuela

Hector Bejar

 

 

A propósito de trascendidos sobre los 5,000 soldados que estarían listos para invadir Venezuela desde Colombia, Vizcarra y Popolizio han declarado que no apoyarán una intervención militar.

 

¡Vaya! ¿Han empezado finalmente a entender la inmensa responsabilidad que asumirían ante sus conciencias al propiciar tamaño atentado contra un país hermano?

 

Probablemente sea así, aunque siguen sirviendo al bullying del matón regional.

 

El Papa Francisco ha dicho que le asusta un derramamiento de sangre en Venezuela, ha pedido grandeza para ayudar a los que pueden ayudar a resolver el problema. Ha señalado que es imprudente tomar partido en la crisis y desea una solución justa y pacífica. El ministro español de Relaciones Exteriores, Unión Europea (UE) y Cooperación, Josep Borrell, ha expresado el rechazo categórico de su nación y el bloque comunitario a una intervención militar en Venezuela. “Estamos radicalmente en contra de cualquier acción de ese tipo. La intervención militar es una expresión maldita en América Latina que nos lleva a tiempos que nadie desea volver”. Los más ilustres intelectuales norteamericanos han llamado la atención sobre la comedia que Washington y el Pentágono están montando y que, en el momento más imprevisto, puede convertirse en tragedia.

 

La BBC ha publicado trascendidos de Wall Street: los tenedores de bonos soberanos temen que caiga el valor de estos papeles y empiezan a protestar contra quienes causan la baja. Parece que a Wall Street no le gustan mucho las locuras de Trump.

 

Es conocida la posición de México y Uruguay. Añadida a la que ya sostienen Bolivia, Nicaragua, Cuba y otros países del continente.

 

El señor Trump y sus maniáticos halcones se van quedando solos. Hasta sus títeres tiemblan. Las autoridades legales hace tiempo que se niegan a obedecerles, el Congreso se opone al muro de México y los jueces a la política de migración.

Tienen razón los que tratan de poner paños fríos a la crisis. Costó una noche derrocar a Goulart. Costó una mañana bombardear La Moneda con el presidente Allende adentro para poner en su lugar a Pinochet y sus criminales. Cuatro meses les llevó asaltar la República Dominicana para sacar a Juan Bosch. Unas horas invadir Granada. Un mes usaron para invadir Panamá y aniquilar todo el barrio de Chorrillo con sus habitantes incluidos. ¿Cuánto costaría sacar a Maduro? ¿Y dónde jurará Guaidó? ¿En una base norteamericana como Endara?

 

Los Estados Unidos no se atrevieron contra los misiles rusos en Cuba en octubre del 62. Tuvieron que negociar y Cuba sobrevivió hasta hoy con un régimen socialista en sus narices.

 

¿Cuánto costaría aplastar a las fuerzas armadas bolivarianas acompañadas de las milicias y de una parte considerable del pueblo venezolano? (la otra parte, igualmente masiva, sigue a la oposición, desesperada por las penurias).

 

Sería la primera vez que los Estados Unidos, acostumbrados a su hegemonía en los ejércitos, tengan que enfrentar en una guerra, a unas Fuerzas Armadas nacionales, acompañadas por una considerable e indeterminada parte del pueblo.

 

¿Y qué sería de Venezuela y de América latina después de una invasión? ¿Cuántas vidas costaría esa colisión si se convierte en una larga contienda?

 

El problema es que, a punto de firmar un acuerdo, por instrucciones extrañas, la oposición se retiró de las conversaciones de Dominicana.

 

¿En manos de quién está entonces la pelota del necesario diálogo? La oposición y sus auspiciadores exigen que Maduro se vaya ahora mismo y creen que pueden lograrlo torturando más y más al pueblo venezolano. No quieren esperar. Y acercan Venezuela cada vez más a Rusia y China, competidoras de Estados Unidos en el espacio global. En otras palabras, Trump está fortaleciendo a quienes señala como enemigos.

 

¿Están hablando de reinstaurar una democracia al estilo que ya conocemos? Esa es una historia ya contada en Venezuela. La democracia del Punto Fijo acabó en la megacorrupción de Carlos Andrés, el García venezolano.

 

De imponerse en Venezuela ¿Qué harían Guaidó y sus adláteres con PDVSA, sino entregarla de nuevo a la Exxon y los pulpos norteamericanos? ¿Qué harían con la salud sino regalarla a los monopolios farmacéuticos y a las transnacionales que ya siembran enfermedades y muerte por todo el mundo? ¿Continuarían edificando viviendas para el pueblo como hace el chavismo? ¿Y la educación? ¿Qué harían sino introducir el modelo  privatista, discriminador, accesible solo para los superricos y alienante, como el que tenemos en Chile y Perú que siguen lo peor, ni siquiera lo aceptable, del neoliberalismo anglosajón? Ellos creen que los pobres solo tienen derecho a la educación y a la salud básica (en la realidad ni siquiera se ocupan de eso) para convertirlos en los esclavos eficientes que necesitan para seguirse enriqueciendo de manera insolente.

 

No nos vengan con cuentos. Ya hemos visto demasiado en América latina como para creer que el presidente de cartón a quien pretenden entregar fondos que pertenecen a los venezolanos quiere algo bueno para Venezuela. Lo que quiere es instaurar la plutocracia corrupta que ya conocemos de sobra.

 

Hablan de transición. Pero una transición tiene que ser hacia adelante, porque si no es así, es regresión.

 

El mundo tiene derecho a exigirle a la oposición venezolana que deseche la demagogia y diga lo que realmente quiere. Pero no lo va a decir porque está atada al Pentágono y la CIA por un cordón umbilical de unos cuantos miles de millones de dólares. Las treinta monedas que ya les están pagando por vender a su país.

 

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